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El rosado es de niñas y el azul de niños

9 sept
4 min de lectura


En 1918, la revista estadounidense Earnshaw's Infant's Department publicó una regla que hoy sonaría al revés: "La regla generalmente aceptada es rosa para los niños y azul para las niñas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, más delicado y refinado, es mejor para las niñas."


Durante buena parte de las primeras décadas del siglo XX, tiendas y fabricantes ni siquiera se ponían de acuerdo entre sí: algunos vestían a las niñas de azul, otros de rosa, sin que existiera una norma clara. No fue hasta la década de 1940, según documenta la historiadora Jo B. Paoletti en su investigación de más de cuarenta años sobre el tema, que la industria de la moda infantil terminó de fijar la asociación que hoy damos por natural: rosa para niñas, azul para niños.


Es decir: la "regla" que hoy parece obvia tiene menos de un siglo, cambió de sentido al menos una vez, y su origen no fue biológico ni psicológico. Fue comercial.


Por qué esto no es solo una curiosidad histórica


Podría quedar como una anécdota simpática si no fuera porque el mismo mecanismo que decidió qué color le corresponde a cada quién sigue decidiendo, hoy, muchas otras cosas.

En Costa Rica, niñas y niños obtienen resultados similares en matemáticas y ciencias durante la educación básica. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir una carrera universitaria, la participación femenina en carreras STEAM (ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemática) es 19% menor que la masculina. El desempeño es el mismo. La elección, no. Y entre los factores que la literatura académica señala de forma consistente están los estereotipos de género y la falta de referentes con los que las niñas puedan identificarse desde temprano.


No es un fenómeno exclusivo de Costa Rica: estudios europeos sobre juguetes y estereotipos en la primera infancia encuentran que apenas 25% de las mujeres jóvenes elige carreras tecnocientíficas, y que esa brecha empieza a formarse mucho antes de la universidad — en los juguetes que se regalan, en las actividades que se proponen y en los mensajes que, sin mala intención, se repiten en casa.


Lo que aprenden sin que nadie lo diga en voz alta


Estos mensajes casi nunca llegan como un gran discurso. Llegan en los juguetes que regalamos, en la ropa que elegimos, en las tareas que asignamos y en las expectativas que tenemos sobre el comportamiento de cada quién.

Una niña que escucha con frecuencia que debe ser bonita, delicada y cuidadosa puede empezar a entender que esas son las características que la hacen valiosa. Un niño al que se le repite que no debe llorar, que "los hombres no lloran" o que tiene que "aguantarse", puede aprender a esconder lo que siente antes de aprender a nombrarlo. Y ese aprendizaje no se queda en la infancia: investigaciones sobre estigma y salud mental masculina muestran que buena parte de la resistencia adulta a pedir ayuda emocional tiene raíz en esas mismas frases escuchadas de niños.


No significa que una muñeca sea mala para una niña o que un balón sea malo para un niño. Significa que ningún juguete, color, actividad o emoción debería tener una puerta de entrada marcada por el género.


¿Qué pasaría si ampliamos las posibilidades?


Una niña puede vestirse de rosado y también ensuciarse jugando fútbol. Un niño puede elegir el azul y también cuidar una muñeca. Una niña puede querer ser ingeniera — y los datos muestran que tiene exactamente la misma capacidad matemática para lograrlo. Un niño puede querer ser bailarín, o simplemente puede querer llorar cuando algo le duele, sin que eso lo haga menos.

Darles libertad para explorar no significa educarlos sin límites. Significa permitirles descubrir sus intereses y desarrollar sus capacidades sin cargar, desde la infancia, con expectativas que no eligieron — y que, como muestra la historia del rosa y el azul, ni siquiera tienen un fundamento tan sólido como parece.


Cambiar una frase también puede abrir una puerta


Tal vez no podamos cambiar todos los estereotipos de un día para otro. Pero sí podemos empezar por revisar las frases que repetimos.

En lugar de "eso es de niñas", podemos preguntar: "¿te gusta?"En lugar de "los niños no lloran", podemos decir: "¿querés contarme qué sentís?"En lugar de "eso no es para vos", podemos preguntar: "¿querés intentarlo?"

Porque una infancia con más libertad no significa una infancia sin orientación. Significa una infancia con más posibilidades. Y eso también es empoderar.


El futuro también se construye jugando


Cada niña y cada niño debería poder crecer descubriendo qué le gusta, qué le interesa, qué siente y qué quiere llegar a ser, sin que un color —o una regla de hace ochenta años— determine el tamaño de sus sueños.

El objetivo no es que todas las niñas elijan el azul ni que todos los niños elijan el rosado. Es más simple que eso: que puedan elegir.

En ALAS creemos en infancias que crecen con libertad, oportunidades y confianza para construir su propio camino.

 
 
 

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